El ocaso de las instituciones en México



La actual decadencia de las instituciones en México, en especial de las instituciones públicas, me hace recordar una ópera del compositor alemán Richard Wagner: El Ocaso de los Dioses (Götterdämmerung). Esta es la cuarta y última ópera del ciclo conocido como El Anillo del Nibelungo (Der Ring des Nibelungen). En esta obra, basada en la mitología nórdico-germánica, los dioses, que en las previas tres óperas habían tenido un papel central, ceden aquí su puesto a los hombres: la acumulación de poder de los dioses llega al abuso, que incuba el odio del desposeído.


Las instituciones públicas en México nacieron de necesidades reales del país. Así, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) surge para garantizar la salud de las mayorías; la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) por la necesidad de contar con capital humano altamente calificado para el desarrollo material y humano del país; Petróleos Mexicanos (PEMEX) para garantizar la soberanía energética y financiar el desarrollo económico nacional, entre otras muchas instituciones que surgen para responder a reclamos históricos. Si bien no podemos idealizar a estas instituciones atribuyéndoles pureza, no obstante debe reconocerse que éstas han tenido grandes logros en otras épocas: un IMSS que era capaz de proveer servicios de salud de primera línea y que llegó a ser modelo para incluso países europeos, una UNAM que llegó a ser la principal universidad de América Latina; un PEMEX en el que se inspiraron las grandes petroleras estatales del mundo; un Servicio Exterior Mexicano de una dignidad admirada en el mundo. Sin embargo, estas instituciones han ido cayendo en manos las equivocadas.


La UNAM, que tuvo de rectores a intelectuales de alto nivel como José Vasconcelos, Antonio Caso, Pablo González Casanova, entre otros, hoy en día tiene a un rector a modo del Partido Revolucionario Institucional (PRI), José Narro Robles. Durante 2013 y 2014 tuvo lugar un acalorado debate nacional en torno a la reforma energética, una reforma energética de la que había que cuestionar académicamente muchísimos aspectos, al igual que había que cuestionar el retroceso que en materia de soberanía nacional representa esta reforma. Sin embargo ¿dónde estuvo todo ese tiempo el rector de la UNAM? Nunca le oí pronunciar una opinión informada. Como rector de la máxima casa de estudios de México yo esperaba más de él; yo esperaba que él abanderara, junto con otros académicos, una férrea defensa institucional del petróleo mexicano. No lo hizo. Qué pena que su militancia priísta haya sido más fuerte que su deber moral con la academia y con su país. Lo más grave es que ahora Narro y el gobierno federal mexicano pretenden dejar como su sucesor en la rectoría de la UNAM a alguien con sus mismas características. La bajeza de la política nacional al designar al actual rector sólo es comparable con la pobreza moral de la comunidad universitaria, que parece estar a punto de volver a permitir la imposición de un rector de Los Pinos.


Pero la situación del Servicio Exterior Mexicano (SEM) no es mejor que la de la UNAM. La diplomacia mexicana, que incluso tuvo entre sus filas a dos premios nobel y que daba tanto prestigio a nuestra política exterior, hoy cuenta con cónsules con una pésima reputación para el ejercicio público. Es de todos sabida la reciente designación de Fidel Herrera Beltrán como cónsul de México en Barcelona, quien tiene serias acusaciones de vínculos con el narcotráfico y cohecho en el manejo de las finanzas del gobierno de Veracruz; de Juan Sabines Guerrrero como cónsul en Orlando, Florida, con múltiples señalamientos de desvío de recursos durante su paso como gobernador en Chiapas; de Marisela Morales como cónsul en Milán, con un nutrido expediente de violaciones a los derechos humanos y fabricación de culpables durante su paso por la Procuraduría General de la República (PGR). A esto el Senado ha hecho oídos sordos y sólo algunos senadores han emitido débiles opiniones aisladas. Me pregunto qué opinan de esto los verdaderos diplomáticos del SEM, esos con amor al país y con una reputación intachable. ¿No les da vergüenza ser parte de este equipo? ¿No tienen la dignidad como para renunciar en señal de protesta o para al menos pronunciarse públicamente condenando estos hechos?


Y qué decir del Fondo de Cultura Económica (FCE), editorial gubernamental mexicana con fuerte presencia en toda América Latina, orgullo de las ciencias económicas mexicanas, fundada por el gran economista mexicano Daniel Cosío Villegas y que tiene entre sus ex-colaboradores a economistas y escritores en general de primera talla de la lengua castellana. Hoy, tristemente, el FCE está dirigido por un abogado llamado José Carreño, ex-vocero de la presidencia de la república de Carlos Salinas de Gortari. Quizás por eso hoy el FCE más bien parece una oficina más de propaganda de Peña.


Esto se repite en la casi totalidad de nuestras instituciones públicas. Por razones de espacio en este medio me es imposible describir el malfuncionamiento actual de casi todas las instituciones públicas en México. Estas instituciones, que se fundaron con tanto esfuerzo, con tanta lucha y con tanta dedicación intelectual, hoy están en una decadencia producto del abuso de poder pero también de la pasividad de quienes laboran dentro de ellas (pues ellos debieran ser la primera línea de resistencia); también están en decadencia por el beneplácito implícito de los círculos intelectuales que hasta hoy siguen sin atreverse a alzar suficientemente la voz en contra. Este es, sin duda, el ocaso de las instituciones públicas mexicanas. Habrá que leer y escuchar a Wagner para entender y tomar la inspiración para que una generación decidida y articulada arrebate a personajes tan siniestros la dirección del destino de un pueblo.


“Der bleiche Held, nicht bläst er es mehr; nicht stürmt er zur Jagd, zum Streite nicht mehr, noch wirbt er um wonnige Frauen.”

Götterdämerung, Richard Wagner


Publicado originalmente en

Sin Embargo, 27 de octubre de 2015



#SergioSaldañaZorrilla

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