Las universidades: entre la disidencia y la reacción



La universidad es hija del rey,

obligada a la reverencia,

honor y sometimiento al rey.



Las universidades desde su fundación hasta el antiguo régimen


La educación es parte esencial del proceso de interpenetración del individuo a la sociedad. Pues, ¿en dónde más, si no en las universidades, los colegios o por medio de tutores es donde los individuos reciben el conocimiento y el modelamiento necesario para ser introducidos a la vida social? Desde la antigüedad clásica el humanismo significó un moldeamiento del hombre por medio de la educación de acuerdo con la verdadera forma humana, con su auténtico ser. De acuerdo con Werner Jaeger la educación se distinguió como la formación del hombre, mediante la creación de un tipo ideal íntimamente coherente y claramente determinado, por ello la educación no era posible sin que se ofreciera al espíritu una imagen del hombre como debía ser. [1] Desde Protágoras hasta Aristóteles, la educación pasó a formar parte del autocumplimiento del hombre. Protágoras, sofista griego, le atribuía a la educación del hombre una posición central, puesto que caracterizaba el designio espiritual de su formación en el sentido más explícito de humanismo, esto es de cultura. Para los sofistas la palabra “cultura” pasó de significar el “proceso de formación” a designar al “ser formado”. [2] Para Aristóteles, la misión del hombre consistía en encontrar su bien y obrar con vistas a su realización: en el transcurso de semejante proceso, el hombre se realizaba a sí mismo y confería significación y finalidad a su vida. Así para Aristóteles, la vida misma era búsqueda, una búsqueda constante, que asumía, por consiguiente, un permanente carácter educativo. Por ello, en su Ética y su Política, Aristóteles dirigirá el problema de la educación hacia los focos más importantes del acontecer humano: el hombre y la sociedad. La Ética consideraba al hombre en tanto que individuo, y la Política, en su calidad de miembro de un Estado, de una sociedad.


De esta manera, la institución conocida como universidad nació en la Edad Media (la más antigua de ellas la de Bolonia fundada en 1088), con una misión bien definida, pues la palabra misión proviene de missio, que significa acto de enviar: la de formar y enviar al personal encargado de la administración del bios theoretikos, es decir, la búsqueda desinteresada de la verdad (divina). Sin embargo, en los primeros siglos de la universidad, su misión se orientó hacia la reproducción del poder de los altos estamentos y de las ciudades. El papado, la jerarquía eclesiástica, el sacro imperio romano, las monarquías y las fuerzas municipales ejercieron influencia sobre las universidades para conseguir apoyo en su lucha por la existencia y el poder. [3] Pero, por otro lado, además las universidades tuvieron la tarea de participar en la lucha contra los movimientos heréticos y contestatarios que inevitablemente, aunque no necesariamente, surgían dentro de la propia universidad. Pues al ser ésta la protectora del saber, un saber que formaba a las clases de intelectuales que tomarían los puestos de administración eclesiástica y política; a la larga mientras la tasa de cargos y puestos disminuían, se creaba un excedente de hombres cultos y preparados que se dieron a la tarea de cuestionar a los poderes hegemónicos.


Característico de la movilidad social del siglo XII, los goliardos, estudiantes pobres y vagabundos sin domicilio fijo, iban de universidad en universidad siguiendo a los maestros que también continuamente se desplazaban de un lugar a otro o, siguiendo las enseñanzas que más les atraían. ¿Quiénes eran los goliardos?: intelectuales errantes eran llamados vagabundos, bribones, juglares, bufones. Se decía que eran bohemios, falsos estudiantes, mirados a veces con ojos enternecidos—la juventud ha de desahogarse—, a veces con temor y desprecio, pues eran turbadores del orden, y por lo tanto gente peligrosa. Otros, en cambio, veían en los goliardos una especie de intelligentzia urbana, un medio revolucionario que encarnaba todas las formas de oposición declarada al feudalismo. [4] Lo cierto es que bajo los goliardos se desarrollaba una visión del mundo rupturista que suscitó la indignación de los tradicionalistas y desembocó en su persecución y condena. La exaltación de un modo de vida centrado en los placeres terrenales transgredía el orden moral y las costumbres que defendía la jerarquía católica. Sus canciones glorificaban los placeres de la vida activa en el paraíso terrenal frente a la vida contemplativa que buscaba la salvación fuera del mundo.


El movimiento goliardo tuvo una fructífera existencia, desintegrándose a lo largo del siglo XIII. Es sintomático de la aversión que sentía la jerarquía eclesiástica por los goliardos el hecho que incluso después de haber desaparecido, siguiesen siendo objeto de condenas, que fuesen reprobados y prohibidos por las autoridades eclesiásticas a las que estaban supeditadas las universidades indica que, a nivel institucional, no debería dar cabida a los goliardos. Las universidades introdujeron dos filtros institucionales en los requisitos de admisión con el objetivo de apartar a los estudiantes vagantes. Muchas universidades requirieron, desde el principio, que los estudiantes estuviesen necesariamente adscritos a un maestro y, especialmente a partir del siglo XIV, que habitasen en los colegios mayores y residencias autorizadas. [5]


Por otro lado también, e inevitablemente las universidades formaron a los teólogos críticos e inconformes con el estatus. [6] Un ejemplo ilustrativo fue el del movimiento disidente encabezado por el teólogo inglés John Wyclif en la universidad de Oxford. Wyclif reclamó la supremacía del rey sobre el clero. Tradujo la Biblia al inglés para hacerla accesible al pueblo llano, atacó los abusos y la riqueza de la iglesia y se opuso a la doctrina de la transustanciación. Sus tesis heterodoxas ponían en riesgo la hegemonía de la verdad de la iglesia, por lo que pronto fueron condenadas, al grado que cuando se emitió la condena, el rector de la Universidad de Oxford y otras autoridades ya estaban del lado de Wyclif.


De la misma forma, Martín Lutero, teólogo de la universidad de Wittemberg, en el siglo XVI encabezó una reforma en contra de la iglesia que provocó un cisma dentro de la cristiandad europea. La llamada reforma protestante provocó que la iglesia contraatacara. A partir de ella los papas se dieron cuenta del valor de centrar su atención en los príncipes. Por ello, fueron enviados legados pontificios y miembros de las nuevas órdenes religiosas, como la Compañía de Jesús a las Cortes estratégicamente situadas, tales como Bruselas, Munich, París y Viena, donde erigieron la fundación de escuelas para la aristocracia, seminarios para el clero y misiones espirituales para el laicado. Una generación después, sus esfuerzos habían producido un grupo de gobernantes devotos cuyo deseo principal era proseguir la obra de la iglesia: Segismundo III de Polonia (1587-1632), Luis XIII de Francia (1610-1643) y, sobre todo Fernando II de Estiria y Maximiliano de Baviera. Nacido en 1578, educado en la universidad que los jesuitas poseían en Ingolstadt y capaz de hablar cinco lenguas, aportó una considerable dosis de inteligencia al gobierno de Austria Interior. Desde el principio trabajó para acabar con la independencia religiosa de los protestantes y con la independencia política de los estados en sus dominios. De esta manera las mismas universidades tuvieron que reformarse para llevar a cabo la tarea designada por Roma, y a principios del siglo XVIII los colegios y universidades aliados del catolicismo tenían un carácter netamente reaccionario.


Desde esta perspectiva no debe ser una novedad que las universidades desde su fundación hasta el día de hoy se convirtieran también es espacios de lucha política por su control. Las universidades y los diferentes colegios tuvieron la función de proyectar a los individuos con el objetivo de lograr promociones civiles y eclesiásticas. La Real y Pontificia Universidad de México fundada en 1553, era la única institución oficial en la Nueva España con la facultad de otorgar títulos de bachiller, licenciado, maestro o doctor. Los graduados de estas instituciones por medio de las cátedras impartidas en los colegios podían ser proyectados a los altos cargos de la jerarquía eclesiástica. [7] Sin embargo, cabe precisar que la docencia fue solamente una parte del cursus honorum, el cual se iba consolidando lentamente, tras una larga y esforzada carrera compuesta, si de méritos académicos, pero también de vínculos familiares y corporativos, de patrones y favorecedores. [8] Pero no sólo los colegios sirvieron como plataforma para adquirir cargos dentro de la institución eclesiástica, sino también fueron centros formadores e incluso competían con la Universidad como promotoras de profesionales.


La Universidad no pudo evitar desde el siglo XVI la necesidad de grupos criollos regionales de buscar una preparación para sus descendientes, sin ir necesariamente hasta la ciudad de México. Ésta fue una realidad que obligó a la corporación universitaria a romper con su pretendido monopolio de los estudios, y a aceptar la implantación de cátedras en los diferentes colegios. Como corporación, la universidad novohispana sólo siguió defendiendo, no siempre con éxito, el monopolio de los grados, el reconocimiento a su rector de parte de todos los estudiantes que cursaran facultades en los colegios y, por supuesto, la obligación del alumnado si su deseo era llegar a graduarse. En este sentido, los estudiantes de los colegios eran universitarios. [9]


Si bien la Universidad y cada uno de los colegios eran entidades separadas e independientes, con sus propios estatutos y costumbres, que incluso llegaron a tener fricciones y rivalidades, nacidas del deseo de los segundos por alcanzar el privilegio de otorgar grados, gozar de ciertas prerrogativas en el seno mismo de la corporación universitaria y sus facultades, o incluso en convertirse en otra universidad. La relación universidad y colegios comprendía, desde el punto de vista social y profesional, objetivos comunes, la de formación, consolidación académica y profesional de los graduados. [10]


El proyecto borbónico trató de romper con el monopolio corporativo de la universidad con la introducción de nuevos colegios cuya misión sería la de introducir el nuevo conocimiento en sus posesiones de ultramar con la finalidad de hacerlos más redituables para la corona. Así se fundaron nuevos colegios en donde se impartieron la Cátedra de Anatomía Práctica (1768), la Real Academia de San Carlos (1784), el Real Seminario de Minas (1762) y el Real Estudio Botánico (1799), las cuales trataron de suplantar a la Universidad en su función docente; estos estudios fueron instituidos en contra de la voluntad de gran parte de los académicos de la Universidad que los consideraban un peligro potencial. Por tanto la Universidad, congruente con su origen, objetivos e intereses, al encasillarse en la tradición escolástica, pugnó por evitar que la filosofía ilustrada y la ciencia experimental se abrieran camino en la Nueva España. Así la Universidad se manifestó en contra del interés de la monarquía por modificar los estudios universitarios y en gran medida se resistió ante cualquier medida que amenazara con debilitar su poder y privilegios; de esta forma, la institución tomó partido por el statu quo. La determinación no fue casual, pues la educación escolástica garantizaba la permanencia de intereses y posiciones dentro de la sociedad novohispana. [11]


Enrique González González ve en la creación de la Cátedra de Anatomía y Cirugía en el Hospital Real en 1768, un punto de conflicto entre los reformadores de la Universidad y los enemigos del cambio. Al ser instituida según los lineamientos de la medicina ilustrada y fuera de la Universidad, la Universidad asumió la defensa del tradicional sistema galénico, de sus privilegios reales para monopolizar la enseñanza y concesión de grados; por ello, según nos dice el autor, el enfrentamiento se hizo inevitable. En forma paralela, se despertaron discusiones en las facultades de artes, medicina y en la cátedra de matemáticas, instituciones sensibles a la renovación científica ilustrada. [12] De la misma forma, Margarita Menegus, en un artículo titulado Tradición y reforma en la facultad de leyes, [13] nos muestra también el rechazo de la universidad ante la introducción del derecho real y el derecho natural en los currículos académicos. [14]


De esta manera, los intentos del Estado por despojar el monopolio de la educación a la Universidad y, enfocar sus esfuerzos por controlar, centralizar y modernizar la educación comenzaron con mayor vigor a principios a finales del siglo XVIII; surgido por la necesidad del supuesto moderno, que la educación de los hombres tenía que ser para servicio del Estado y de la sociedad en un sentido utilitario; y no para el servicio de la Iglesia. Así después de la Independencia las nuevas élites consideraron a la instrucción como el principio de toda la ilustración y virtudes en que deberían estar adornadas las verdaderas repúblicas. Para estos la universidad y los colegios eran vistos como centros representativos del antiguo régimen dominados por el clero, en donde se educaba a la juventud para discutir sobre temas intrascendentes y no para dedicarse a las artes útiles. Por ejemplo, sobre los colegios manejados por el clero, José Luis María Mora reprobaba tres de sus aspectos fundamentales: enseñanza, métodos, educación. De estos atacaba la quietud y el silencio que los caracterizaba, pues a su consideración resultaban ser impropios para la naturaleza de los niños y jóvenes; los castigos corporales para él eran “bárbaros y humillantes”; su clara orientación religiosa y escasa formación cívica e histórica; la vestimenta de los alumnos; los métodos de enseñanza, basados en un dogmatismo inadecuado para otro tipo de conocimiento que no sea religioso y apoyado en textos de cincuenta años de atraso. Por último, desaprobaba el gran número de vacaciones, de festividades religiosas y actos literarios y públicos que propiciaban pérdida de tiempo y hábitos de conducta inadecuados entre los jóvenes. De esta manera concluía: “este conjunto de preceptos, ejemplos, documentos, premios y castigos que constituye la educación en los Colegios, no sólo no conduce a formar hombres que han de servir en el mundo, sino que falsea y destruye de raíz todas las convicciones que constituya a un hombre positivo”. [15] Por ello, para los grupos progresistas del país era un imperativo desaparecer una institución que resultaba inservible para el país.


La Universidad aunque herida de muerte desde principios de la vida independiente, se mantuvo con vida debido a las constantes luchas por el poder político. Para Lourdes Alvarado, durante el periodo comprendido entre 1833 y 1865, fechas que señalan la primera y última clausura de la Universidad, median poco más de tres décadas caracterizadas por los continuos cierres y reaperturas de la institución, situación que a todas luces contribuyó a debilitar su ya de por sí cuestionado nivel académico, a la vez que nutrió un primer capítulo de la polémica decimonónica en torno a la Universidad. De tal forma, la clausura decretada durante el fugaz gobierno de Gómez Farías puso en marcha un largo y complejo proceso en torno al concepto “universidad” que con posterioridad representaría un absoluto rechazo del bando liberal hacia este tipo de instituciones. Entre esta etapa de muertes y resurrecciones, la Universidad puede ser considerada como un símbolo partidista: para los liberales una institución ineficiente, retrograda y sin razón de ser, y para los conservadores aunque también ineficiente y sin razón de ser, la mantenían con vida como bandera política.




El advenimiento de la universidad contemporánea


Desde luego que la misión de la universidad no cambiaría en nada con el surgimiento de los Estados nacionales durante el siglo XIX, es decir, la universidad continuó con su misma misión histórica: el de formar a las clases burguesas ahora en el poder, así como el capital humano necesario para la construcción y administración de las naciones. Sin embargo, el caso mexicano trataría de desviarse de dicho postulado y el caso de las universidades reformadas después de la Revolución así lo sugiere. Explícitos son los lemas de las dos principales universidades que existen en el país: “Por mi raza hablara el espíritu”, ¿a qué se refiere este enunciado cacareado con orgullo por los universitarios hasta el cansancio sin ton ni son?, ¿de qué raza habla? Desde luego de la raza mestiza, ser del mexicano, ni indígena ni español, pugna que los gobiernos e intelectuales postrevolucionarios se dieron a la tarea de solventar. ¿Cuál espíritu? El espíritu que se manifiesta en la voluntad que un pueblo tenga de dirigirse hacia el anhelado “progreso”. Mayormente explícito es el lema del Instituto Politécnico Nacional: “Técnica al servicio de la patria”. ¿Pero qué patria? La patria corporativa que el Estado posrevolucionario se encargaría de constituir sustentada en la facción popular y de masas vislumbrada por el régimen cardenista.


De esta manera y como respuesta, desde 1933 los grupos católicos y conservadores opositores al régimen, tomaron el control de la UNAM. Desde la administración de la universidad se promovió la práctica sistemática de la violencia, amedrentamiento y exclusión a partir de sus agrupamientos estudiantiles (hoy conocidos como porros). Estas hordas de pandilleros estuvieron estrechamente vinculadas a grupos políticos oficiales externos e internos a la institución, que se irían convirtiendo paulatinamente con el paso del tiempo en el brazo armado de esos grupos siempre vinculados a las autoridades universitarias. En esta línea, el porrismo estará ligado estrechamente a la dinámica del movimiento estudiantil popular, con el fin explícito de controlarlo, golpearlo, anularlo, debilitarlo o en su defecto exterminarlo. [16] A mediados de los años cuarenta, a la par de la institucionalización del aparato corporativo autoritario, la violencia por parte del porrismo dentro de las universidades sería también objeto de institucionalización por medio de las federaciones estudiantiles a imagen y semejanza del aparato de control sindical. Estos agrupamientos combinan prácticas clientelares y arribismo político con el ejercicio del control estudiantil y la disuasión violenta de la disidencia y los grupos opositores. [17]


Ante tal estado de cosas, no cabe extrañarnos que las universidades fueran la cuna de los movimientos de oposición característicos de la década de los sesentas. Y con la derrota de los movimientos estudiantiles en las instituciones de educación superior se fortalecieran las federaciones por los gobiernos estatales y el PRI para hacer frente a la disidencia estudiantil. Se multiplicaron los grupos de pandilleros y provocadores, éstos adquirieron un carácter cada vez más violento al incorporar a sus filas a un mayor número de delincuentes comunes al servicio de las autoridades educativas y gobierno federal. El porrismo se hizo más presente en muchas escuelas y facultades no sólo a través de actos de provocación, delación y control, sino también actos puramente delictivos como robos y atracos, hostigamiento sexual y golpizas frecuentes. Siguió siendo cobijado y utilizado con fines políticos por autoridades de distintos tipos, mantuvo su asociación a las actividades deportivas de los planteles y se expresó frecuentemente en las competencias al interior de las escuelas y entre las grandes instituciones. [18]


Desacreditadas durante la década de los setentas y ochentas, pues ser joven y estudiante era igual a ser delincuente, las instituciones de educación pública necesariamente tuvieron que entrar en un periodo de reestructuración orgánica de la mano de la quimera democrática que el régimen trató de vender. Sin embargo, desde el surgimiento del movimiento de Consejo Estudiantil Universitario (CEU) en 1986 el porrismo, como manifestación de violencia volvió a mostrar sus rasgos políticos y sus conexiones con el ejercicio del poder en la universidad. Con el CEU, menciona Imanol Ordorika, se inició un nuevo ciclo del movimiento estudiantil que tuvo momentos notables en los diálogos públicos y la huelga en 1987, la participación en la insurrección cardenista de 1988 y el Congreso Universitario de 1990. En respuesta a estos movimientos y a las movilizaciones posteriores contra el aumento de cuotas en 1992, en apoyo al zapatismo en 1994, por el ingreso de los estudiantes rechazados en 1995, contra la reforma de los CCH en 1996 y en defensa del pase automático en 1997 las autoridades de la UNAM también reactivaron la presencia y las acciones de grupos de animadores deportivos y de las emergentes “barras” de futbol. Finalmente con la entrada de la policía federal en febrero del 2000 y la derrota del CGH dejaron el campo prácticamente libre para las nuevas manifestaciones de delincuencia y porrismo. Los grupos de activistas fueron al mismo tiempo atacados por porros y caracterizados como tales por las autoridades y los medios de comunicación. De entonces a la fecha los estudiantes han sufrido un periodo intensivo de violencia y agresiones por pandilleros y porros que asolan frecuentemente los campus, facultades y preparatorias. [19]


Entonces pues, ¿cuál es la misión de las universidades actualmente? La pregunta tiene toda la pertinencia del mundo, en una época en donde parece que lo descrito aquí es ajeno a los campus universitarios de carácter público, en donde las universidades se han tornado en una especie de fábrica que arroja a miles de jóvenes al mercado laboral saturado por la sobrepoblación y la escasez de trabajos bien remunerados, en donde la competitividad es el requisito indispensable en un mundo globalizado. ¿Cuál es la misión de las universidades hoy en día?: Las universidades son hijas de la una sociedad consumista, obligadas a la reverencia, honor y sometimiento a la sociedad de consumo. De la misma forma, de las mismas universidades surgen personas que no están conformes con el estado de cosas que caracterizan al mundo actual.



México, marzo 23 del 2016






[1] Werner Jaeger, Paidea: los orígenes de la cultura griega, México, FCE, 1957, p 19.


[2] Ibíd., pp. 274-278.


[3] Vid., Joan Pedro Carañana, "La misión de la universidad en la Edad Media: servir a los altos estamentos y contribuir al desarrollo de las ciudades" en Nomadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas, Universidad Complutense de Madrid, núm. 34, 2012.


[4] Jacques LeGoff, Los intelectuales en la Edad Media, segunda edición, Barcelona, Gedisa, 1990, p. 39.


[5] Vid., Joan Pedro Carañana, op cit.


[6] Inevitablemente no se puede dejar de mencionar que también formaron a los empiristas promotores del nuevo conocimiento como Copérnico, Galileo o Vesalio quienes estudiaron en la universidad de Padua.


[7] Leticia Pérez Puente, “Los canónigos catedráticos de la universidad de México (siglo XVII)” en Enrique González y Leticia Pérez Puente, Colegios y universidades I. Del antiguo régimen al liberalismo, México, Centro de Estudios Sobre la Universidad/UNAM, 2001, pp. 133-161.


[8] Ibíd., p 134.


[9] Rodolfo Aguirre Salvador, “Entre los colegios y la universidad: modelos de carrera académica en Nueva España (siglo XVIII)”, en Ibíd., p 269.


[10] Ibíd., p 270.


[11] Vid. Lourdes Alvarado, La polémica en torno a la idea de universidad en el siglo XIX, México, Centro de estudios sobre la universidad/ UNAM, 1994, p 17.


[12] Enrique González González, “La redición de las constituciones universitarias de México (1775) y la polémica ilustrada” en Lourdes Alvarado (coord.), Tradición y reforma en la Universidad de México, México, Centro de Estudios sobre la Universidad/UNAM, 1994, pp. 57-108.


[13] Margarita Menegus, “Tradición y reforma en la facultad de leyes” en ibíd.


[14] El proyecto borbónico se sustentaría en que estos nuevos colegios contribuirían en la estabilidad del orden social, proporcionaría salud económica, elevarían el prestigio del territorio, y permitirían contar con un cuerpo experto que aconsejase o trabajase para el monarca, Por ello era particularmente importante fortalecer el derecho romano puesto que se consideraba el núcleo de la organización y desempeño imperial. Los monarcas ilustrados afirmaron que el trono debería ser poderoso en tanto fuerza de la ley como de las armas. Se reactivaba de esta manera la vieja pugna por la soberanía entre el monarca y la Iglesia. Mientras que los monarcas recurrían al derecho romano para fortalecer sus poderes fiscales y políticos; la Iglesia recurría al derecho canónico.


[15] Citado en Lourdes Alvarado, La polémica en torno a la idea de universidad en el siglo XIX, op cit.


[16] Imanol Ordorika, Violencia y “porrismo” en la educación superior en México. Disponible en http://www.academia.edu/13124895/Violencia_y_porrismo_en_la_educaci%C3%B3n_superior_en_M%C3%A9xico

[17] Ibíd.


[18] Ibíd.


[19] Ibíd.

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