El "lamehuevismo". Hacia una radiografía de la política hombruna


El cinismo es la respuesta de la cultura dominante

a su subversión kínica: reconoce, toma en cuenta,

el interés particular que hay tras la universalidad ideológica,

la distancia entre la máscara ideológica y la realidad,

pero todavía encuentra razones para conservar la máscara.

Slavoj Žižek, El sublime objeto de la ideología.


Una mujer que confronta es una mujer incómoda, soez y non grata. Calificadas como histéricas y locas, las mujeres que se plantan, que defienden sus posturas, que no sólo saben argumentar sino que tienen la capacidad de hacerlo, devienen en endemoniadas urgidas de exorcismos y, quizá por eso mismo, en objeto de deseo sexual. Una hembra encolerizada es leída por las mentalidades más retrógradas desde la exclusión (porque el enojo de una mujer no es enojo, sino berrinche) o como el continente de la furia clitoriana que hay que dominar mediante el coito (porque las mujeres “nos vemos bonitas cuando nos enojamos”).


Clítoris y vaginas de este talante no caben en la política, ni en la política doméstica, ni en la política de sexos, ni en lo político de la política y, mucho menos, en la política de los políticos. No caben porque la esencia de nuestra cultura diplomática está en el cinismo y en el “lamehuevismo”, en esa microfísica del poder foucultiana que se sustenta en los cuerpos y que “se ejerce incesantemente a través de la vigilancia y no de una forma discontinua por medio de sistemas de impuestos y de obligaciones distribuidas en el tiempo [y] se apoya en el principio según el cual una verdadera y específica nueva economía del poder tiene que lograr hacer crecer constantemente las fuerzas sometidas y la fuerza y la eficacia de quien las somete” (Foucault, Michel, Microfísica del poder, Madrid: La Piqueta, 1979, p. 149).


“Lamehuevismo”, nunca mejor dicho, porque nuestra política está hecha por hombres para hombres y para mujeres masculinizadas. Éstas, para concentrar un capital político, han introyectado los rasgos y las conductas propias de la constitución psíquica, física y cultural de los hombres, negándose para siempre el ejercicio de su especificidad como mujeres y lamiendo “los huevos” que ansían poseer consciente o inconscientemente. Esta es la razón por las que las cuotas de presencia “femenina” en los parlamentos y cámaras gubernamentales de Occidente han tenido tanto éxito. Lo que se ha llamado la “discriminación positiva” no es más que la institucionalización de la garantía sobre la sumisión mental de la mujer que sólo encuentra su valor como tal en el mundo regulado por los hombres y sus conductas.


Cabe preguntarnos, entonces, por las conductas que permiten y promueven la masculinización de la mujer y el “lamehuevismo” como formas de hacer política. En primer lugar, hemos de aceptar de una vez por todas que los hombres confrontan desde la violencia física. Para ellos, la confrontación se mide a golpes, de donde resulta que la característica primordial de la política hombruna es la cínica e hipócrita diplomacia. El “lamehuevismo” de unos con otros, sintomatizado en el chiste barato, en el compadrazgo, en la falsa proyección de que existe la confrontación “racional” desnuda de pasiones y en la defensa de una supuesta tolerancia hacia la diferencia, les permite mantenerse al filo de la frontera, de esa frontera sin punto de retorno entre la animalidad y el bestialismo. Cuando el hombre confronta, cuando se carea con otros hombres para dirimir conflictos, lo hace a golpes. Por eso, en el cinismo, en la hipocresía y en el “lamehuevismo” están detentadas las formas “civilizadas” de hacer política hombruna.


Cuando una mujer confronta, antes que golpear, apela. Pero, para la política hombruna, esta apelación no puede ser producto ni de la razón, ni de la fuerza argumentativa; antes bien, la apelación de la mujer es medida según la escala de las “emociones mujeriles”. En esta escala, el grado cero podríamos hallarlo en la detestable frase “Anda en sus días”, utilizada aún en el siglo XXI con singular desfachatez; pasando por otras no menos estúpidas como “Anda urgida de atención” y “Necesita que la cojan”, hasta llegar a la deslegitimación del argumento mediante baratas sentencias que apuntan hacia los trastornos mentales. ¿O es que usted, atento lector, considera casual el hecho de que la medicación psiquiátrica sea, en lo general, dispuesta mayoritariamente para las “locas depresivas y bipolares”?


Y es que, si los hombres “saben” mantener el “decoro” mediante la diplomacia para hacer política, porque están adiestrados para simular una pretendida estabilidad emocional harto frágil por su naturaleza violentamente reactiva, resulta lógico que esperen que una mujer que confronta lo haga con suaves voces, con el apapacho verbal y con la “vocación” tierna de la madre que es o que puede llegar a ser. Pero la mujer que confronta, la verdadera mujer y no la mujer masculinizada, no quiere y no puede pertenecer en la dimensión del sentido desfigurado condensado en el “te digo Juan para que entiendas Pedro” porque, de instalarse en esas formas cínicas, hipócritas y complacientes, negaría su otredad y cancelaría, de una vez y para siempre, el ejercicio de presentarse y plantarse en el mundo desde su propia libertad, valorando su propia diferencia.


“Lamehuevismo”… lamer los huevos, sobajarse, dar palmaditas al hombro con sentencias cínicas y una sonrisa en los labios, aplaudir los despropósitos de otros para justificar la falta de integridad es, desde mi punto de vista, el génesis de la sociedad disciplinaria que hunde sus raíces en la apariencia, en la inmoralidad y en el escándalo… ¿o no es esto, querido lector, el origen de la guerra?


#AnelHernándezSotelo