La escritura como energía libidinal feminista


En mi rápido y turbulento paso por 17, Instituto de Estudios Críticos, Benjamín Mayer expresó lapidariamente que a la escritura de ciertos trabajos estudiantiles les faltaba energía libidinal. Si bien no cuento con las herramientas teóricas para profundizar sobre los entresijos que propone el concepto, lo cierto es que sé, siento y pienso que si de energía libidinal se trata, a mí me sobra. El problema, según como recibí el comentario de Benjamín, es encontrar las vías que posibiliten el (complicado) maridaje entre la escritura y la pulsión de deseo, de muerte y de vida del escribano. Así, en última (¿o en primera?) instancia, el quit de tan lapidaria expresión sería entonces la relación entre la vivencia del orgasmo y la práctica de plasmar esa vivencia mediante grafías.


En el Diccionario de sexualidad, escrito por María Aurora Guzmán y publicado en 2003 bajo el sello editorial de Ediciones Paulinas, con aprobación del censor eclesiástico Víctor Ortega y del provincial de la Sociedad de san Pablo, Ricardo Rojas S., se define al orgasmo como “la culminación del placer derivado de aliviar la tensión del impulso sexual” y se alude la especificidad del mismo según género: “en el hombre [el orgasmo] coincide con la expulsión del semen y el placer está muy localizado en el área genital. En la mujer existen dos tipos: el orgasmo clitoriano, se identifica con una sensación localizada en el área genital, y el orgasmo vaginal, que es un placer generalizado por todo el cuerpo” (Guzmán 47, voz "orgasmo") Esta misma disyunción en torno a las vías por las que los cuerpos femeninos alcanzan el goce y el placer –una bien localizada y la otra, “por todo el cuerpo”- sólo hace eco de algunos de los disparates teóricos creados y creídos, al menos, desde hace más de treinta y cinco años, que bajo el cobijo de la “ciencia” circularon en libros como el de Wolf Eicher, titulado Sexualidad normal y patológica en la mujer.


Según esta tesis vigente en el siglo XXI para los editores de Ediciones Paulinas, la experiencia del goce en el cuerpo de mujer, es decir, el placer femenino convertido en pulsión de muerte, sólo se alcanza cabal y enteramente “por todo el cuerpo” cuando la vagina recibe al pene y éste expulsa semen. El Placer Femenino –con mayúsculas- es tal en tanto que obedece a la introducción de Un Otro que llena, con el líquido seminal, una cavidad que se considera a priori vacía, sin contenido. En este sentido, el “placer femenino” –sin mayúsculas y con comillas- originado mediante el orgasmo clitoriano entraría, entonces, en la categoría de peccata minuta pues sólo es “una sensación localizada en el área genital”. Craso error de los falsos profetas.


La vagina contiene todos los secretos que ni hombres ni mujeres hemos podido descifrar. La vagina es, presenta y representa la metafísica de la creación, colocándonos en la primigenia cuestión de cómo, por qué y para qué soy yo, y no otra persona, la que está ahora escribiendo estas líneas. Mientras la vagina emerge simbólicamente como el contenido y la forma de lo indescifrable, el clítoris -arropado por los labios y precedido por la atalaya del monte de Venus- se ubica como un órgano exclusivamente femenino, móvil y flexible, con cuyas ramificaciones nerviosas las mujeres somos capaces de alcanzar una sensibilidad que jamás será proporcional a su pequeño tamaño. En esta dialéctica, la esfera de lo práctico, de la práctica del placer, es la esfera clitoriana.


Indescifrable en sus misterios, no podemos leer a la vagina, sólo decodificarla. En cambio, la práctica misma de la masturbación femenina nos permite leernos como mujeres, interpretarnos y sentirnos. Pero no sólo. Este maravilloso órgano, exclusivamente femenino, nos seduce para permitir que Un Otro íntimamente nos lea, nos interprete y nos sienta. Y aquí no debemos descartar la posibilidad de que la vagina, como contenedora de sabidurías ancestrales, se erija como la maestra del clítoris en la filosofía del compartir compartiéndose. Sin embargo, en un mundo organizado por y para los “sin clítoris”, esta filosofía resulta indeseable, perversa, incompleta o parcial hasta el extremo. La ablación del clítoris practicada todavía es la forma más violenta de “rectificar”, de “raspar”, de “tachar” lo que está escrito en el cuerpo femenino. Los “sin clítoris”, entonces, cierran el libro y cancelan toda posibilidad lectora del placer por el placer, del compartir compartiéndose.


Pero la ablación clitoriana como amputación orgánica es sólo una de las miles de formas de mutilación y supresión de la ontología femenina. Los usos y prácticas hegemónicos instituidos mediante la cultura patriarcal son, en sí mismos, constructos extirpadores del placer no vaginal. No fue sino hasta 1559 cuando el clítoris, como órgano corporal, llamó la atención del la “ciencia” patriarcal, luego de que el cirujano Mateo Relando Colombo publicó su De re anatomica. Tres siglos después, en 1865, esta misma “ciencia” definió al clítoris como la marca del mal, producto de las eruditas y atinadas consideraciones de Baker Brown, presidente de la British Medical Society, quien señaló a la práctica de la masturbación femenina como el origen de enfermedades y depravaciones (ceguera, histeria, epilepsia, demencia) por lo que recomendaba su extirpación como método de prevención (Lameiras). En resumidas cuentas: Cristóbal Colón “descubrió América” en 1492 y Relando Colombo “descubrió el clítoris” en 1559; Baker Brown promovió la extirpación del clítoris como medida sanitaria en 1865 y Antonio Egas Moniz recibió en 1949 el Nobel de Fisiología por las ventajas médicas que ofrecía la lobotomía en pacientes con trastornos mentales (Sabbatini; Porter 191-193).


A la amputación libidinal del todo social originada por la extirpación (real y simbólica) del clítoris, actualmente le sigue el tabú sobre la eyaculación femenina. Al menos dos siglos antes de la era cristiana, la ciencia de los “sin clítoris” ya había dado pistas sobre el asunto. En su De generatione, Hipócrates dejó escrito que “la mujer eyacula también a partir de todo el cuerpo, una veces dentro de la matriz –entonces se vuelve húmeda- y otras fuera, cuando la matriz es más abierta de lo conveniente… Una vez que la mujer ha realizado el coito, en el caso de que no vaya a quedar encinta, normalmente el esperma de ambos [es decir, del hombre y de la mujer] fluye fuera, pero en el caso de que vaya a concebir, el esperma no sale, sino que permanece en la matriz” (Herrero 2012: 300). Aristóteles negó la posibilidad de que las mujeres pudiesen expulsar su propio “semen”. De la veneración del patriarcado hacia los escritos de el Estagirita –previamente calados por el tamiz del cristianismo- nació un silencio sepulcral sobre el asunto. Los resultados de este sigilo, de la reserva, la discreción, el disimulo y el mutismo están a la vista. Sobre la eyaculación femenina hoy sabemos –en el mejor de los casos- que


debido a que la orina y el líquido eyaculatorio femenino comparten un mismo canal de salida, la uretra, mucha gente cree que se trata de orina. Pero no lo es. Sin embargo, esto hace que la mujer se avergüence de ello y restrinja el fluido de sus glándulas parauretrales, usando los mismo músculos de los que se sirve para impedir que la orina salga de su vejiga. Algo que empuja el líquido eyaculatorio de nuevo hacia la vejiga. La eyaculación solo es el resultado de experimentar potentes orgasmos. Si una mujer no eyacula, simplemente no está teniendo los orgasmos más potentes que puede tener. La diferencia es similar a la que existe entre el desahogo experimentado por quien estornuda y la de quien lo reprime en el último momento (Luna 430). [Las cursivas son mías]


A pesar de que las mujeres –y no los hombres- poseamos un pequeñito órgano cuya función primera y última es explotar nuestras energías libidinales, nuestras pulsiones, nuestras trascendencias, nuestras lecturas y nuestras escrituras, es un hombre el que viene a decirnos que no hay que sentir vergüenza por gozar empapando el lecho con nuestras secreciones, asegurándonos que la única consecuencia de no experimentarnos como mujeres es la autorepresión, la autocensura, la autonegación, nada más.

Pues bien, así como día a día la mujer que soy yo acepta sus secreciones, sus placeres clitorianos y los secretos indescifrables de su vagina, así mismo me planto frente a este sistema-mundo (como quiere Wallerstein) sin represión, sin censura y sin negación para escribir y leer mis experiencias desde los márgenes, desde la disidencia. Al fin y al cabo, esto es una Fiesta de Locos y sólo hace falta ponerse con el ABC.


(La versión original de este texto fue escrita en enero de 2015)





Referencias

EICHER, Wolf, Sexualidad normal y patológica en la mujer, Madrid: Morata, 1978.


GUZMÁN, María Aurora, Diccionario de sexualidad. Amor, sexualidad, fertilidad, México: Ediciones Paulinas, S. A. de C. V., 2003.


HERRERO INGELMO, Ma. Cruz y Enrique MONTERO CARTELLE, “Concepción y erotismo en la literatura médica medieval” en Cuadernos de Filología Clásica. Estudios Latinos, Vol. 32, Núm. 2, 2012, 299-314.


LAMEIRAS FERNÁNDEZ, María, María Victoria CARRERA FERNÁNDEZ y Yolanda RODRÍGUEZ CASTRO, “O clítoris. Unha historia por contar” en Andaina. Revista galega de pensamiento feminista, Núm. 64, 2013, pp. 17-21.


LUNA, Mario, Sex Code Express. El manual práctico de los maestros de la seducción, Madrid: Ediciones Nowtilus S. L., 2009.


PORTER, Roy, Breve historia de la locura, Madrid: Turner / FCE, 2003.


SABBATINI, Renato M.E., The History of Pychosurgery, recurso digital disponible en http://www.cerebromente.org.br/n02/historia/psicocirg_i.htm; última consulta: noviembre de 2015.







#AnelHernándezSotelo

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