Bienvenidos a la zona del terror


Sean bienvenidos a la zona del terror, donde todo el mundo está fuera de control, está hecha un desastre toda la ciudad, ya no se sabe en dónde va a parar. Sientes el intenso e infernal calor, no te des por muerto, que no te de pavor. Te sientes protegido y no te puedes escapar, quisieras darte un tiro

y ya no puedes razonar. Sean bienvenidos a la zona del terror,

donde mucha gente muere de dolor, nunca habías estado en un lugar así, donde el instinto es sobrevivir

SEKTA CORE


No existe otra palabra para describir esa sensación. Terror. Eso es lo que se siente cuando te levantas antes que el sol y te diriges junto con otros zombies a trabajar. Terror que infunde la competencia entre pasajeros por alcanzar un lugar en la combi de la zona conurbada. Sin piedad debes lanzarte a la carrera para evitar que los de junto lancen su aterrador trasero sobre de ti. O peor aún, que te toque viajar a medio culo sentado, pues los amplios y regordetes llegaron antes que tú al vehículo. Intenso terror infunde la escena cuando llegas al metro y está en funcionamiento la ratonera humana, que te impide llegar al torniquete pues debes primero recorrer un artificioso laberinto diseñado con el propósito de hacerte perder tiempo. Ese valioso tiempo que te descontarán al llegar tarde. La misma sensación se apodera de tu espina dorsal cuando contemplas la escena del andén del metro a reventar. La misma sensación que percibes cuando en el camión se apelotonan en torno a ti y lo más probable es que todos intenten rozar tu cuerpo si es que eres de las desafortunadas que les toca viajar entre hombres. Estos barbajanes acostumbrados a “arrimarle el camarón” a todo lo que se mueva. Por supuesto que no te libras del “si no te gusta vete en taxi”, pues el espacio vital se reduce a lo que tengas de capacidad pulmonar.


Es aterrorizante la cantidad de personas con las que tienes que trasladarte y cruzar la ciudad. Sobre todo por el terror psicológico que implica el llegar tarde y sufrir las consecuencias económicas que te limitan aún más en las opciones y alternativas como para decir que vives en vez de sobrevives.


Tal vez exista otro país en donde las personas sean tratadas como seres humanos y no como animales sin alma. El cuestionamiento al orden social surge como instinto de supervivencia que se opone a vivir constantemente con la adrenalina elevada, con las garras expuestas y el ojo avieso para ver que no te chinguen antes de chingar tú. Ahora no tienes sólo que soportar un empleo que mina tu existencia mientras quienes pagan a los empleados pueden disfrutar del vivir realmente. Ahora también debes servirles y contemplar de lejos los manjares vedados para tu economía, las actividades de entretenimiento y diversión diseñadas para una élite en la cual jamás estarás incluido. Es terrorífico el hecho de que seas conciente de la explotación inhumana por un ínfimo salario mínimo que acuerdan los diputados y senadores quienes perciben cientos de veces más el salario que determinan.


Ese terror que tienes de andar a altas horas de la noche por la calle, el mismo terror que te infunde la pandilla que se junta en la esquina a fumarse sus traumas, a beberse sus limitaciones, a monear sus esperanzas rotas, el terror que nos invade cuando escuchamos todo el amplio catálogo de atrocidades que se cometen día con día; tenemos que canalizarlo, que disolverlo, que pasarlo a los gobiernos. El terror de ver venir un policía, el terror de escapar de la patrulla, el terror de saltarte el torniquete y que vengan a aprehenderte, el terror de robar un pan para tus hijos y que merezcas ser encarcelado. El mismo terror de ser mujer en un país machista, el terror de ser niño en un país de abusadores, el terror de mirar al ministerio público como un depredador que no dejará carne en tus despojos, deberemos combatirlo.


También nos da terror el maestro que reprueba alumnos indolentemente sin esforzarse por hacer comprender a cualquiera el tema que supuestamente maneja. Nos da terror la falta de capacidades del gobierno en todos sus niveles, desde la pobre elocuencia que exhibe el imbécil de Peña Nieto, hasta el “no podemos hacer nada” de cualquier empleado del IMSS o del ISSSTE que ni siquiera te surte la receta mal diagnosticada de medicamentos básicos. El terror del gasolinazo del próximo año, que sustituye al miedo que teníamos del gasolinazo mensual. El mismo sentimiento aterrador de no poder circular libremente por las vías del país. El terror de que nada de lo que dicen es real, que prefieren soltar al Chapo y crucificar al mariguano de a pie. Barrabasadas de este estilo, sólo infunden terror en la gente de razón. Y en la gente humilde, también.


Por supuesto, que ni se te ocurra protestar u organizarte para impedir que sigan aterrorizándote. Sólo recibirás una paliza injusta y prepotente. Sólo escucharán tus quejas y lamentos, pero jamás serás atendido en tus demandas. Te arriesgas a reproducir en carne propia todo ese dolor que puedes atestiguar en los videos de youtube, dónde contemplas a la población indefensa ser sometida a punta de tolete por los granaderos o por cualquier uniformado, sanguijuelas del estado. Crees que los sancionarán pero en realidad son premiados por esa actitud indolente e inhumana que exhiben con sus pares. Porque también son humanos aterrorizados, también viven al borde de sus limitaciones, sin poder escapar del triste destino que les toca: ser la mano manchada de sangre en vez de cumplir con su obligación de proteger y servir.


Para los sanguinarios jerarcas, es posible que sea insuficiente el baño de sangre que causan con sus políticas excluyentes y discriminatorias. Es necesario dar un ejemplo y dejar bien en claro quién tiene la sartén por el mango. La desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa es precisamente eso: un escarmiento para la población rural que ha sido históricamente combativa y resistente ante las dictaduras establecidas localmente a través del poder de las armas.


Dejé de marchar cuando me di cuenta que el régimen nazi utilizaba las concentraciones masivas y las marchas como un elemento más para el ejercicio del poder. No sólo eso, también sirve de adoctrinamiento y de sometimiento activo, pues cada marcha y mitin que se realiza es un escape a la furia social y al resentimiento por parte de la población aterrorizada, que contempla cómo unos cuántos someten a muchos miles, sin encontrar la forma de subvertir este desorden. Dejé de marchar cuando me di cuenta que no podría contener mi rabia por contemplar cómo la misma policía vestida de civil realiza destrozos por doquier y después los uniformados apalean a transeúntes que no participaban en la movilización, y golpean indiscriminadamente a ancianos, mujeres y niños primero.


Dejé de pedir que aparecieran vivos, pues es la ilusión más inútil. Tal vez suene cruel, pero desde el terror que me infunde el saber que si mi hija decide estudiar en una normal rural, lo más probable es que reciba su dotación de patadas y balazos antes que conseguir una plaza de maestra. No puedo compartir esas consignas que sujetan a los padres de los normalistas a la ilusión de que el gobierno no esté conducido por una caterva de buitres sanguinarios. Yo tengo la convicción clara que debemos organizarnos para aterrorizarlos a ellos. Que no estén tranquilos en ningún momento. Que teman por sus vidas, por su integridad, por sus bienes. El terror no es sólo para los pobres. El terror que nos aplican cotidianamente con su indolencia y falta de ética, será regresado a ellos, pues no podrán confiar en nadie, no deberán respirar tranquilos. Esta es la consigna.


¡ATERRORICEMOS A LOS TERRORISTAS DEL GOBIERNO!


Marco Antonio Valdovinos Arenas

#MarcoAntonioValdovinos

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