Generación X, la marca de Caín


Diremos que es un acuerdo de responsabilidad compartida por la muerte de abel, Reconoces tu parte de culpa, La reconozco, pero no se lo digas a nadie, será un secreto entre dios y caín […] Entonces no seré castigado por mi crimen, preguntó caín, Mi parte de culpa no absuelve la tuya, tendrás tu castigo, Cuál, Andarás errante y perdido por el mundo, Siendo así, cualquier persona me podrá matar, No, porque pondré una señal en tu frente, nadie te hará daño, pero, como pago por mi benevolencia, procura tú no hacer daño a nadie, dijo el señor tocando con el dedo índice la frente de caín, donde apareció una pequeña mancha negra, ésta es la señal de tu condenación, añadió el señor, pero es también la señal de que estarás toda la vida bajo mi protección y bajo mi censura, te vigilaré dondequiera que vayas…

José Saramago, Caín.


En 1979 Margaret Thatcher fue electa como primera ministra de Inglaterra; los sandinistas lograron establecer un gobierno socialista en Nicaragua; el ejército vietnamita invadió Camboya y derrocó al dictador Pol Pot; la “madre” Teresa de Calcuta ganó el premio Nobel de la Paz; Fidel Castro pronunció un largo discurso en la Asamblea General de la ONU preguntándose “¿Para qué sirven las Naciones Unidas?”; en Uganda y Zimbabwe (antes República de Rodesia) se libraba una guerra contra los regímenes dictatoriales apoyados desde Europa; Juan Pablo II visitó México por primera vez y fue recibido con la canción Amigo del brasileño Roberto Carlos; se inauguraron quince ejes viales en el Distrito Federal y a la histórica calle de Niño Perdido se le cambió el nombre por el de Eje Central Lázaro Cárdenas; Parchis se convertía en el grupo infantil más importante de Iberoamérica y Televisa apostó por Los ricos también lloran, que durante la década siguiente fue transmitida en América, Asia, Europa y África gracias a su doblaje en 25 idiomas diferentes. En 1979 empujé y luché para salir del vientre de mi madre. Era octubre. Mi madre era primeriza. Un año, un mes y quince días más tarde, mi único hermano hacía una faena similar para venir a poblar este mundo. Yo le llamaba “Pelón”.


Nuestros profesores de educación básica, con seguridad apoyados en el marketing en boga, colocaron en nuestras frentes la señal de Caín para dotarnos de una identidad que, a su juicio, no teníamos. No sin preocupación, se nos enseñó que formábamos parte de la Generación X, también llamada la Generación Perdida. Dicen los que saben, que la “X” fue el signo comunicante del vacío porque la Generación X, compuesta por “occidentales” nacidos entre 1965 y 1981 (más, menos),


se caracterizó por tener que arreglarse con menos: menos esperanzas, exiguos ingresos, ocupaciones temporales, poco futuro. Pero no se rebelaron enfurecidos como en otros tiempos, sino que sus espíritus se expresaron como más cómodos y sin protestas. […] Esa juventud dejó de pugnar por el éxito, la fama y el dinero. El dirty look, el grunge, las ropas raídas, el menosprecio al porvenir y la competitividad, fueron parte de sus símbolos de identidad. […] Una juventud que únicamente le quedaba consumir, preocuparse de su cuerpo y adaptarse, más mal que bien, al sistema de mercado (Sanmartín 2007: 116).


Si bien la caracterización de esta etiqueta que se nos impuso es parcialmente cierta, también es verdad que la noción “Generación X” es más propia para anunciar una marca registrada, similar a la marca divina que sancionó a Caín. De hecho, en mi búsqueda por “entender” el carisma de la generación a la que pertenezco, me encontré con que esta noción abunda en los libros especializados en publicidad y marketing y no, como suponía, en obras de carácter sociológico, antropológico o histórico. ¡Menudo descubrimiento! ¡Se nos hizo suponer que nuestra identidad descansaba en el patetismo, la pereza y la apatía pero, en realidad, simple y llanamente se nos adoctrinó para identificarnos con la filosofía empresarial al uso en aquellos ayeres!


Esta filosofía alcanzó su climax teórico con la reinterpretación de la Historia Universal hegeliana y la crítica al sistema marxista realizada por Francis Fukuyama en su tendenciosa obra El fin de la Historia y el último hombre, publicada en 1992. El politólogo estadounidense, de origen japonés, convenció a más de uno de que el libre mercado precedía a la libertad política, haciendo eco de las bondades de la economía liberal en América Latina:


A comienzos de los años noventa, la manera de ver las cosas había cambiado completamente: el presidente Carlos Salinas de Gortari en México, el presidente Carlos Menem en la Argentina y el presidente Fernando Collor de Mello en el Brasil trataron de llevar a cabo, una vez llegaron al poder, programas de largo alcance de liberalización económica, aceptando la necesidad de la competencia y la apertura del mercado a la economía mundial. Chile aplicó principios económicos liberales a comienzos de los años ochenta, con Pinochet, con el resultado de que su economía era la más sana del Cono Sur al salir de la dictadura, bajo la presidencia de Patricio Alwyn. Estos nuevos presidentes, elegidos democráticamente, partían de la premisa de que el subdesarrollo no se debía a iniquidades inherentes al capitalismo, sino más bien al grado insuficiente de capitalismo que se había practicado en el pasado en sus países. La privatización y el libre comercio se han convertido en las nuevas consignas en lugar de la nacionalización y la sustitución de importaciones. La ortodoxia marxista de los intelectuales latinoamericanos ha sido desafiada por escritores como Hernando de Soto, Mario Vargas Llosa y Carlos Rangel, que han encontrado una creciente audiencia para sus ideas sobre una economía liberal orientada por el mercado (Fukuyama 1992: 78). [Las cursivas son mías]


Fukuyama profetizó que en un futuro cercano a ese 1992, el mundo entero estaría organizado en “democracias liberales”. Sin embargo, un mundo sin opresores y sin tiranos no sería la garantía de un mundo sin guerras porque


la experiencia sugiere que si no existe una causa justa por la cual combatir, porque esta causa justa salió triunfante en generaciones anteriores, entonces los hombres lucharán contra esta causa justa. Lucharán meramente por luchar. Lucharán, en otras palabras, debido a cierto aburrimiento, pues no pueden imaginar la vida en un mundo sin lucha. Y si la mayor parte del mundo en el cual viven se caracteriza por una democracia pacífica y próspera, entonces lucharán contra esta paz y esa prosperidad y contra la democracia (Fukuyama 1992: 439). [Las cursivas son del original]


A la marca Generación X se le adhirió el atractivo slogan “Capitalismo, democracia y libertad”, producto de las concienzudas teorizaciones de la escuela de Fukuyama y Cía. Muchos, muchísimos de mis contemporáneos se han quedado ahí, atrapados en el tiempo, haciendo gala de su conservadurismo de derecha, de izquierda, de centro o de donde sea. Impávidos frente al descaro de un sistema de marcas que ha hecho de ellos mismos una máquina de consumo, no atinan a enfrentar su propia cosificación. En su lugar, defienden la “democracia pacífica y próspera” frente a la amenaza de los sectores más aburridos que tienen como divertimento crear guerras contra las “causas justas” ganadas por las generaciones que antecedieron a la suya, a la que trágicamente se le señaló con una “X”.


Así, la Generación X parece anclada a un pasado glorioso pero nunca superado. El síndrome de esta generación apunta, entonces, al enanismo. Asumimos que nuestra estatura generacional es muy inferior a la de nuestros padres, que vivieron los “beneficios” de un desarrollo económico que sólo fue posible tras la devastación que dejaron a su paso dos guerras mundiales. Entre 1950 y 1970, la obtención de un título universitario garantizaba el ascenso socioeconómico. Nuestros padres, aunque no sin grandes esfuerzos, pudieron pronto hacerse de un auto, una casita de interés social o de un terrenito, que funcionaron como telón de fondo de la familia clasemediera ejemplar. Con vergüenza sociológicamente injustificada, hoy hombres y mujeres de mi generación aún nos apoyamos en ese pequeño imperio que construyeron nuestros progenitores, para sobrevivir a esta segunda década del siglo XXI. Somos enanos y se nos instruyó en ello desde la primera infancia.


Históricamente, la figura del enano ha cumplido dos funciones. La primera de ellas se relaciona con el universo de lo freak. Las rarezas siempre han sido objeto de colección y, como tal, el enano ha sido un sujeto-objeto imprescindible en los repertorios de divertimentos cortesanos, en los corrales de comedias, en el espectáculo circense o en los zoológicos de particulares como el que tuvo Moctezuma, según se lee en la Segunda Carta de Relación de Hernán Cortés. El acto de mostrar al enano está ligado a la exhibición del maravilloso poderío de quien lo posee.


Frente al enano-cosa exhibido públicamente para burla y deleite de los Otros, encontramos la función del enano-numen que como deidad doméstica, sinónimo de poderosa voluntad, ha poblado el imaginario de los pueblos. Los enanos-numen, que comparten la dimensión mítica de duendes y hadas, poseen grandes capacidades manuales, es decir, saben hacer (Brasey 2000). Como he demostrado en otro lugar, la popular canción infantil Martinillo con la que crecimos muchísimas generaciones, tiene su origen en este espectro numinoso, al igual que los siete enanos de Blancanieves que vimos hasta el cansancio y los Pitufos con los que Hanna-Barbera inundó los televisores entre 1981 y 1989.


Pues bien, si la Generación X es una generación de enanos, esto significa que aún con la trágica marca que llevamos en el ceño, podemos elegir el tipo de enano que queremos ser. El enano-cosa disfruta ser mostrado como producto del progreso y las libertades que el capital trae bajo el brazo, convirtiéndose en un testimonio vivo de la liberalización económica y, por ende, de la competencia. En su afán por ser más y mejor, el enano-cosa se adereza con suntuosos pero superfluos artefactos, que le sirven para ocultar la poca humanidad que aún posee porque, en su percepción del mundo, la empatía con el Otro es sinónimo de debilidad. El enano-cosa es cosa en tanto que el marketing lo ha señalado como tal, pero también en tanto que él mismo se vanagloria de su propia cosificación y trabaja incesantemente en ella. Ante el fracaso de su empresa individual, el enano-cosa se enfurece y, para dominar esta humana pasión, compra más cosas o, peor aún, compra ideas y compra conciencias. La Generación X, sección México, ha dado excelentes exponentes del deber ser del enano-cosa: Enrique Peña Nieto, Angélica Rivera, Javier Duarte Ochoa, Claudia Pavlovich, Miguel Ángel Osorio Chong, Luis Videgaray, Servando Gómez Martínez, Manuel Velasco Coello, Anahí Puente, Lucero Hogaza León (“La novia de América”), entre otros monstruos nacionales nacidos entre 1962 y 1981, son la expresión de esa juventud a la que “únicamente le quedaba consumir, preocuparse de su cuerpo y adaptarse, más mal que bien, al sistema de mercado”.


Mientras, el enano-numen de la denostada Generación X se vuelca sobre sí mismo para atesorar sus experiencias. En este ejercicio, el enano-numen deviene en coleccionista de las cosas de la memoria que el marketing es incapaz de exterminar, convoca fantasmas, inscribe sus recuerdos en el almanaque de las cosas del mundo y cuestiona, con una voluntad cada vez más fuerte, al enanismo enajenante. El enano-numen se enorgullece de su pequeña talla, pues ésta lo hace ágil y ubicuo y, siendo como es, una entelequia consciente de su condición, de sus limitaciones pero, sobre todo, de sus posibilidades, se asume como la presencia en hombros de gigantes que imaginó Bernardo de Chartres en el siglo XII: “Somos enanos encaramados en hombros de gigantes. Nuestra mirada puede abarcar más cosas y ver más lejos que ellos. No porque nuestra vista sea más penetrante y nuestra estatura mayor sino porque nos ha elevado su altura gigantesca” (Carmona 2001: 44).


Pero, ¿quiénes son los gigantes que soportan la visión panóptica del enano-numen generacional que venimos perfilando? Quizá el lector ya aventura algunos nombres extraídos de nuestro sacrosanto panteón nacional. Otros, los más sofisticados en el tema de la aldea global, podrán considerar que Edward Snowden o Julian Assange son los gigantes nacidos de la Generación Perdida en los que hay que encaramarnos. Los promotores del indigenismo evocaran los rostros cubiertos por un pasamontañas de Marcos, Galeano o Moisés. Y así podríamos seguir ad infinitum, habida cuenta de que una de las “garantías” de las democracias liberales es la libertad de credo.


Para mí, enana-numen de la Generación X que está a punto de cumplir 36 años respirando el hedor de la “democracia pacífica y próspera” tan socorrida de sexenio en sexenio, ni éstas ni otras figuras similares son esos gigantes. Con tal declaración no pretendo, ni por asomo, negar o vilipendiar su trascendencia histórica y ocultar la semilla que han plantado en terrenos minados. Más bien, me parece que al aislarlos de sus propias memorias, de sus historias de vida, de sus inscripciones en el almanaque de las cosas del mundo, en suma, al exiliarlos de su propio enanismo, no hacemos otra cosa que convertirlos en eso que nos dijeron que éramos: una marca. En mi credo, el gigante que me permite “abarcar más cosas y ver más lejos” se llama Memoria.


La Memoria me permite asimilar lo que vi sin entender, porque no hubo quien se atreviera a explicarlo. Escuché que, cerca del trabajo de mi padre, había explotado una planta de PEMEX dejando enterradas a centenares de personas, pero sólo décadas después entendí que lo ocurrido en San Juan Ixhuatepec en 1984 no puede calificarse como un accidente. Vi cómo la Calzada de Tlalpan y el centro de Ciudad de México quedaron devastados por los terremotos de 1985, pero no comprendí que la mayoría de los muertos y damnificados había que cargárselos al Estado mexicano, omiso y corrupto, que permitió la construcción de edificios mal planificados; que compró materiales de bajo coste para alzar “modernas y progresistas” estructuras, cobrándolos al erario público como materiales de calidad; y que usó a los miembros del ejército para desarticular la fuerte organización ciudadana, improvisada por quienes serían conocidos como “los Topos”, que surgió como respuesta a la indolencia gubernamental.


Fui testigo de la manera en que, sin bochorno alguno, el Estado mexicano decretó la “caída del sistema” en las elecciones de 1988, pero no entendí cómo uno de los sistemas electorales más sofisticados podía “caerse” ni por qué, ante tan inusitado hecho, no se convocó a nuevas elecciones. El enigma resultó apocalíptico pues, con ocho años de edad, nadie consideró pertinente explicarme la formulación lógica con la que de un sistema “caído” se habían podido contar los votos que legitimaban a un hombre minúsculo, pelón, de grandes orejas, como presidente de México. Meses después, nadie hablaba de la dichosa “caída” porque fuimos bombardeados por el programa “Solidaridad, unidos para progresar” curiosamente inaugurado en el Valle de Chalco, donde abundaban los inconformes seguidores de Cuauhtémoc Cárdenas que clamaban por elecciones justas y limpias.


En tercer año de primaria, aprendí que Alemania tenía dos capitales, Berlín y Bonn, porque había un muro en medio, pero nunca escuché nada sobre los sistemas totalitarios que permitieron tal aberración. Más tarde, el televisor me hizo testigo de los miles de alemanes que, entre el 9 y el 10 de noviembre de 1989, utilizaron cualquier artefacto resistente para golpear y destruir, siquiera simbólicamente, aquella estructura. A partir de entonces, mis conocimientos de geografía política se derrumbaron como aquel muro, porque Alemania había perdido su segunda capital y, un par de años después, la URSS se descompuso en un montón de pequeños países que, hasta la fecha, me cuesta trabajo señalar. Nadie me explicó si esto sucedió porque, como en el juego de mesa Turista, hubo quien compró de más y hubo quien salió debiendo.


De vez en cuando, mi hermano y yo íbamos a casa de los primos para poner el Atari y trasnochar, hasta donde los padres lo permitían, con el Pac-Man. Más tarde, tuvimos nuestro propio Nintendo que, en honor a la verdad, nos aburrió muy pronto. La calle, la bicicleta, los patines, el “avión”, la música en cassette o en LP, las “escondidillas”, entre otras menudencias, nos resultaron siempre más entretenidas. Quizá fue este inocente acercamiento con la tecnología el que condicionó mis nociones superfluas sobre la guerra. Porque en 1990, cuando Zabludovsky interrumpió la programación para transmitir en vivo el inicio de la Guerra del Golfo, no vi muertos, ni sangre, ni madres dolientes, sino una ciudad obscura sobre la que caían ráfagas de fuego. Era la nueva modalidad de la guerra, la guerra electrónica con la que el Estado estadounidense guiaba sus proyectiles con una precisión inusitada contra sus satánicos enemigos, como si de un videojuego se tratase.


En 1993 utilicé simultáneamente dos sistemas monetarios: el del peso y el del nuevo peso. Los mil pesos de toda la vida ($1000) eran ahora un nuevo peso (N$1) y todos los productos del mercado fueron etiquetados con los dos valores durante dos años. Entre pesos viejos y pesos nuevos, se abrió paso el convulso año de 1994. Entró en vigencia el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y pronto los enormes y deliciosos chocolates Presidente de la Fábrica de Chocolates La Azteca S.A. de C.V. desaparecieron del mercado. Su lugar en los anaqueles fue ocupado por el Milky Way y el Snickers.


Nada se comentó en casa, ni en el bachillerato marista donde, muy a mi pesar, cursé la secundaria y la preparatoria, sobre los “guerrilleros” de Chiapas. Probablemente este silencio se debió a que, desde la visión católica y remona, la insurrección de esos “indios mugrosos” no era más que un berrinche infantil para obstaculizar el progreso representado en los Nerds que devorábamos para coleccionar las curiosas cajitas en que se vendían. Al parecer, mis profesores consideraron más oportuno gastar los tiempos de clase en alabar las bondades del TLCAN, que en hacerle el “caldo gordo” a esos “ignorantes apestosos”, infiltrados por “profesionales de la violencia” nacionales y extranjeros.


La tarde del 23 de marzo de 1994, mi madre, mi hermano y yo estábamos sentados frente al televisor cuando se interrumpió la programación para proyectar, una y otra vez, el momento en que un hombre disparó directamente a la cabeza de Luis Donaldo Colosio en la colonia Lomas Taurinas de Tijuana. Hoy puedo asegurar que al asesinato del candidato a la presidencia por el PRI, le siguió un sofisticado programa de terrorismo mediático, similar al emprendido por Televisa y TV Azteca en 1999, cuando Paco Stanley fue asesinado sobre Periférico. Lo que me interesa destacar es que, al día siguiente del crimen contra Colosio, sólo la maestra de Civismo mencionó el evento, pero con un objetivo que ahora sólo puedo calificar como grotesco. La profesora se limitó a decir que teníamos que entender la gravedad de lo que había pasado (aunque nunca explicó qué era eso que teníamos que entender) y, a continuación, solicitó que el grupo se pusiera de pie para rezar un Padre Nuestro y un Ave María por el alma de Colosio y por el futuro México. Nada más, pero nada menos.


Al año siguiente comencé mis estudios de preparatoria en ese mismo colegio marista donde las clases de música eran impartidas por un hombre enano, gordo, libidinoso y machista que, con estratagemas bien calculadas, nos obligaba a comprar entradas para sus conciertos de piano, celebrados mensualmente en la colonia Roma. No pude convencer a mi madre de que en la Preparatoria Nacional tendría una mejor educación.


Podría continuar la narración, pero considero que lo expuesto hasta aquí me es útil para volver al asunto sobre la Generación X, el enanismo y los gigantes. Aún a pesar de la democracia liberal, del marketing, de la “conciencia de un insuficiente capitalismo”, de las privatizaciones y del libre comercio; aún a pesar del último hombre de Fukuyama y de los enanos-cosa que se engalanan como gigantes, los enanos-numen de la Generación Perdida somos el continente de la disidencia que surge de la memoria. Porque, si bien en algún momento nos convencimos de que ya no había nada por hacer, al colocarnos en los hombros de Memoria hemos sido capaces de desvelar el sentido de la marca que se nos impuso.


Según el relato del maestro Saramago, Dios se vio obligado a garantizar su protección sobre Caín luego de que éste le demostró que el asesinato de Abel no hubiese sido posible sin su anuencia:


Que has hecho con tu hermano, preguntó, y caín respondió con otra pregunta, Soy yo acaso el guardaespaldas de mi hermano, Lo has matado, Así es, pero el primer culpable eres tú, yo habría dado mi vida por su vida si tú no hubieses destruido la mía, Quise ponerte a prueba, Y quién eres para poner a prueba lo que tú mismo has creado, Soy el dueño soberano de todas las cosas, Y de todos los seres, dirás, pero no de mi persona ni de mi libertad, Libertad para matar, Como tú fuiste libre para dejar que matara a abel cuando estaba en tus manos evitarlo, hubiera bastado que durante un momento abandonaras la soberbia de la infalibilidad que compartes con todos los demás dioses, hubiera bastado que por un momento fueses de verdad misericordioso, que aceptases mi ofrenda con humildad, simplemente porque no deberías rechazarla porque los dioses, y tú como todos los otros, tenéis deberes para con aquellos a quienes decís que habéis creado, Ese discurso es sedicioso, Es posible que lo sea, pero te garantizo que, si yo fuese dios, diría todos los días, Benditos sean los que eligieron la sedición porque de ellos será el reino de la tierra, Sacrilegio, Lo será, pero en cualquier caso nunca mayor que el tuyo que permitiste que abel muriera, Tú has sido quien lo ha matado, Sí, es verdad, yo fui el brazo ejecutor, pero la sentencia fue dictada por ti… (Saramago 2009: 39-40)


Dios, atrapado en su propio sinsentido, puso entonces la marca en el ceño de Caín para vigilar sus pasos y brindarle protección en las tierras hostiles donde decidió desterrarlo. Expulsado del Paraíso, errando de aquí para allá, Caín descubrió que el saber hacer no era privativo de los dioses. Para Caín, para el sedicioso y sacrílego Caín, el destierro fue la condición de su propio descubrimiento, de la dimensión humana que compartía con Yahvé, en virtud de que éste es claramente una invención humana. Ambos, Dios y Caín, devinieron entonces en dos enanos que pactaban, con una mancha negra, el silencio sobre la muerte de Abel. En esta ecuación, sin lugar a dudas, fue Dios el que salió perdiendo.


En este sentido, la categoría “Generación X” hace las veces de la mancha negra que confirma un pacto de silencio. Lo que silencia la X es la memoria del cambio, de la crisis, de la incertidumbre, de la mutación, de la sobrevivencia y del nuevo comienzo. Mi generación, como pocas en la historia, es una generación bisagra que comunica dos mundos harto diferentes. Uno, el de nuestros padres, rubricado por el terror que sembraron los Estados nacionales en todos los 68’s perpetrados en el mundo y que los obligó a decantarse por el estatismo, la obediencia y la actitud acrítica frente al monstruo represor que utilizó tanques de guerra para matar ideas. Otro, el de nuestros hijos, definido por la caducidad, porque lo que hoy es útil, mañana ya no sirve; por la incredulidad, porque lo que hoy se defiende como verdad, mañana es rotulado como mentira; por la evanescencia, porque los que hoy están, mañana desaparecen.


Los enanos-numen de la Generación X estamos sobreviviendo (cada uno como puede) a las tensiones entre esos dos mundos. No es verdad que somos una generación perdida, pues nuestro lugar en el devenir de los tiempos está en la frontera donde colinda el sentido de los opuestos. Simplificando en demasía, nuestras experiencias históricas se revelan en la línea diagonal que separa pero que, a su vez, une significaciones encontradas: manufactura/digitalización, estatismo/dinamismo, terror/impavidez, duración/caducidad, reparación/descomposición, obediencia/insurrección, impotencia/fortaleza. La arquitectura de nuestro mundo es el puente, el enlace, la sinapsis y el umbral pero sólo podemos descubrirla, como Caín, en el destierro, desde la frontera, en el no lugar desprovisto de validaciones apriorísticas. Ahí, encumbrados en los hombros de Memoria, con nuestro almanaque de las cosas del mundo en mano, se encuentra el origen de la voluntad necesaria para trascender el pensamiento recurrente de que nada puede cambiar y bendecimos, como quería Caín, a todos los sediciosos, porque de nosotros es el reino de la tierra.


Y es que, así como Caín descubrió el siniestro sinsentido de las pruebas de Dios y por eso llevó marcado su rostro, los treintañeros y cuarentañeros desterrados en la frontera de los opuestos, despertamos del letargo y descubrimos que el verdadero sentido de la X con la que fuimos etiquetados no es el vacío, sino el desengaño. Somos, en verdad, la Generación del Desengaño, la generación que en este siglo XXI tiene el poder del testimonio para enfrentar los simulacros tenidos como verdades, pero tal hazaña –que no es poca cosa- sólo puede sustentarse en la firme voluntad de saber y de subvertir.




25 de septiembre de 2015,

a casi un año de búsqueda de nuestros 43,

no perdonamos, no olvidamos, no nos cansamos.

¡Sabemos y subvertimos!

¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!



Bibliografía


BRASEY, Édouard (2000), Enanos y gnomos, Barcelona: Morgana.


CARMONA FERNÁNDEZ, Fernando (2001), La mentalidad literaria medieval. Siglos XII y XIII, Murcia: Universidad de Murcia.


FUKUYAMA, Francis (1992), El fin de la Historia y el último hombre, Barcelona: Planeta.


SANMARTÍN BARROS, Israel (2007), Entre dos siglos. Globalización y pensamiento único, Madrid: Akal.


SARAMAGO, José (2009), Caín, traducción de Pilar del Río, Madrid: Alfaguara.


#AnelHernándezSotelo

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