La desacralización del cuerpo del rey y la muerte del poder monárquico




El pasado 14 de julio los franceses celebraron un año más de su gesta fundacional. Lo relevante de dicha celebración, para nosotros los mexicanos, es que fue enmarcada con la presencia del presidente Enrique Peña Nieto, acompañado por su esposa, y una comitiva de un poco menos de cuatrocientas personas (391 para ser exactos, según datos de gobernación). Ha pasado casi un mes de la visita y desde entonces no he dejado de pensar sobre la posibilidad de que el presidente mexicano o su esposa, por un sólo segundo hayan reflexionado sobre los motivos que tuvieron los miembros de la Convención para decapitar a su anteriormente rey Luis XVI y a la reina María Antonieta de Austria, el 21 de enero y 16 de octubre de 1793 respectivamente, bajo los cargos de ser unos “traidores a la nación y a la voluntad del pueblo francés”.



El acto en ninguna forma es insignificante. Puesto que el monarca fue ejecutado a pesar de tener un cuerpo sagrado e inmortal sobre el cual legitimaba su poder, y por lo tanto sólo era responsable de sus actos ante el mismísimo Dios. Y aunque la Constitución de 1791 en su artículo 2 de la sección primera del capítulo II, reconocía el carácter sagrado e inviolable del rey, los revolucionarios jacobinos decidieron darle muerte, ignorando el fuerte conflicto existencial que podía llevar la muerte del cuerpo del monarca, ya sea frente a las monarquías extranjeras, frente al poder divino, y no menos importante, frente a la conciencia del “pueblo” francés, sobre cuyo nombre ejecutaban al desgraciado Luis Capeto.



Es cierto, la muerte del monarca fue justificada como una cuestión de salud pública, pues se consideró entonces que la muerte del rey era necesaria para salvar a la nación, como lo afirmó Robespierre en su discurso ante la Convención el 3 de diciembre de 1972:


Cuando el rey ha sido aniquilado por el pueblo, ¿quién tiene el derecho de resucitarlo para convertirlo en un nuevo pretexto de agitación y rebelión, y qué otros efectos puede producir este sistema? Abriendo una arena a los campeones de Luis XVI, estarán renovando las querellas del despotismo contra la libertad, están consagrando el derecho de blasfemar contra la República y contra el pueblo; ya que el derecho de defender al antiguo déspota conlleva el derecho de argumentar todo lo relacionado con su causa […] Para mí aborrezco la pena de muerte prodigada por sus leyes; y no tengo por Luis ni amor, ni odio; yo no odio más que sus crímenes… Pronuncia arrepentimiento ante esa fatal verdad… pero Luis debe morir porque es necesario para que la patria viva… Yo pido que la Convención Nacional lo declare desde este momento traidor a la nación francesa, criminal ante la humanidad.




De esta forma, para muchos el proceso sólo fue una simulación en donde Luis era culpable sí o sí, por lo que su ejecución fue considerada por algunos como un acto injusto y anticonstitucional, un regicidio a todas luces.[1] El 13 de noviembre de 1792 Saint-Just declaraba ante la Convención que:


La acusación debe ser hecha a un rey, no por los crímenes de su administración, sino por aquel de haber sido rey, porque nada en el mundo puede justificar esta usurpación; y de cualquier ilusión, de cualquier convención con que se envuelve la monarquía, ella es un crimen eterno contra el cual todo hombre tiene el derecho de alzarse y de armarse, ella es uno de esos atentados que la ceguera misma de todo un pueblo no sabría justificar: este pueblo es criminal ante la naturaleza por el ejemplo que ha dado, y todos los hombres tienen la misión secreta de exterminar tal dominación en cualquier país.




Sin embargo, ¿qué había del cuerpo divino y sagrado del rey? ¿Era una cuestión superada por el pueblo francés de finales del siglo XVIII? Roger Chartier cuestiona el carácter sagrado y divino del cuerpo mortal del rey, aún más, cuestiona el proceso de desacralización como un proceso acabado para cuando Luis XVI toma el poder.[2] Entonces, desde mi particular punto de vista, dos procesos se juntaron en 1793 para hacer posible la muerte del cuerpo del rey y la monarquía.



Por un lado, un proceso de desacralización, es decir, la pérdida del carácter divino y sagrado que sostenía el poder monárquico. Por el otro, una cuestión de seguridad nacional, que implicaba la figura del rey como símbolo de la pervivencia monárquica ante la amenaza extranjera: su muerte en primer lugar, mostraba al pueblo de Francia que nadie, ni los mismos monarcas estaban por encima de la ley y hacían público el credo liberal de igualdad ante la ley; y en segundo lugar, los franceses escenificaban el funeral simbólico del principio monárquico como un acto de realización de las promesas por venir, materializadas por la república de la virtud que fundaba la Revolución. En otras palabras, la muerte del rey era necesaria coyunturalmente, no obstante es importante considerar esa coyuntura inserta en otros procesos de larga duración: ¿por qué hacia finales del siglo XVIII se había generado el repudio y total rechazo no sólo hacia la figura del soberano, sino de la monarquía misma? Creer que el monarca fue muerto por sus “crímenes” es caer en una interpretación de merecimiento por su propia desgracia, además de justificar una acción de seguridad pública, “la nación está por encima de cualquier individuo”. ¿La muerte de un rey conllevó a la muerte de la monarquía? Sobre esta cuestión están referidas las siguientes líneas.




¿De dónde provenía el carácter divino de los monarcas franceses?

De igual manera que muchas monarquías europeas, la franca es un producto de las invasiones de pueblos germánicos que penetraron el imperio romano durante el siglo V. El jefe de tribu, posteriormente el rey, era un jefe de guerra (Herr könig) elegido por todos los hombres libres de la tribu; si resultaba victorioso demostraba estar dotado de un verdadero carácter sagrado pagano, del Mud, fuerza mágica simbolizada por las genealogías divinas y por los cabellos largos en la dinastía merovingia. Sin embargo, a la más mínima derrota, el rey perdía su carácter sagrado así como el poder. Ya no era el dispensador del botín ni el protector de las cosechas. Se le privaba inmediatamente del ban, el derecho de castigar y a gobernar que le reconocía normalmente con el poder correlativo de declarar la guerra y hacer la paz. La inestabilidad de estas monarquías era su característica general, pues al estar fundadas en el valor militar, no superaban naturalmente las vicisitudes.



Esta fue una de las razones por las que el 25 de diciembre del año 800 en la basílica de San Pedro, el papa colocó la corona imperial sobre la cabeza de Carlos el grande (Carlomagno) y la muchedumbre de los francos en armas aclamó al nuevo emperador. Decían: “Carlos, coronado por Dios, gran y pacífico emperador de los romanos, vida y victoria”. Finalmente, el papa se arrodillo ante el nuevo emperador. Según Eginardo, su biógrafo, el rey de los francos salió furioso de aquella ceremonia. La razón, es que el papa había invertido el ceremonial habitual. En Bizancio, en donde se había conservado el protocolo romano, las aclamaciones de la multitud y el ejército precedían a la coronación por parte del patriarca. Ello significaba que el poder imperial provenía del pueblo y el ejército, noción muy parecida al ideal germánico. León III, al coronar en primer lugar a Carlos, antes de que estallasen las aclamaciones, afirmaba que todo su poder provenía de Dios mediante su intermediario. De tal modo que la independencia del emperador quedaba fuertemente hipotecada a las necesidades de Roma.[3]



En efecto, Luis II argumentó en el año 871 que “Nosotros somos los sucesores de los antiguos emperadores por asentimiento de Dios y el papa”. Ante la anarquía que caracterizaba a las monarquías germánicas, el clero intentó intervenir reforzando la idea monárquica. Los obispos proclamaban que sólo la unción, y no solamente la elección, hacían al rey. Por inspiración de Hincmar en particular, después de la consagración de Carlos el Calvo en el 848, se condenó cualquier rebelión contra el rey como un acto de impiedad. Luego, cuando se consagró al mismo Carlos el Calvo como rey de Lorena en Metz en el 869, Hincmar afirmó que la unción era el signo de que Dios le había elegido.



Más tarde, cuando Luis el Tartamudo fue coronado en Reims en el 877, recibió el centro como símbolo del reino que debía conducir a su destino final en manos de Dios. Así, todo el ceremonial de la consagración de los reyes de Francia en Reims estaba establecido hacia el siglo XI. Se trataba de una ceremonia envuelta de una atmosfera de sublimación cristiana en la que aparecía la leyenda de Santa Ampolla.[4] De esta forma, esta prerrogativa impulsada por el clero, fue la base del poderío capeto hasta el siglo XVIII.[5]




Desacralización de la figura real

¿Pero en realidad en el carácter divino del monarca se sustentaba su legitimidad? Al ser las sociedades germánicas pueblos guerreros, la cultura de la guerra era algo que permeaba todo el ámbito político. Así, los jóvenes educados en el arte de la exaltación de la violencia, luchaban junto a un señor más viejo, por ello es que terminaban formando respecto a su señor una especie de guardia privada en la que la fraternidad del combate terminaba por romper todo lazo jurídico. El calor de la relación que experimentaban en aquellos momentos cruciales convertía enseguida al amigo (freud) en libre (frei). Esa libertad original o adquirida, caracterizaba a la mayoría de las guardias privadas o reales que rodeaban a los jefes de tribus, posteriormente reyes.



Estos soldados, recibían de su señor alimento y vestido (del llamado hlaford, dador de pan, que dio posteriormente el término lord), mientras que otros se beneficiaban de una concesión de tierra. Todos debía un servicio militar a su protector. En todas las clases germánicas encontramos esta práctica de paternidad adoptiva que consistía de alimentar en su propia casa a jóvenes a quienes se convertía en guerreros y servidores (vassalus), y más adelante, en funcionarios. Esta práctica creaba verdaderos lazos carnales con los adolecentes que enseguida eran proyectados a la vida adulta. Fieles a su padre educativo hasta la muerte, formaban grupos de presión extremadamente solidarios, sobre todo por el hecho de que habían prestado juramento de encomendación.



Con la cristianización de las monarquías, se difundiría aquella práctica hacia los de abajo, entre los más desprotegidos. Los clásicos vasallos de los siglos posteriores, serán aquellos que prestan obediencia a cambio de protección por parte de su señor. De aquí que podamos entender perfectamente que sobre el siglo XIV, para ser exactos el 19 de septiembre de 1356, cerca de Pointers, el rey de Francia, Juan el Bueno, tras ser derrotado y hecho prisionero por los ingleses, no se le ocurre otra cosa que escribir: “¡Habéis perdido a vuestro padre!”. En efecto, la relación que se ejercía entre el monarca y su pueblo, el reino, era de carácter paternal, de un buen padre que protege a sus hijos.



Por ello, cuando Luis XVI sube al trono y aún en los albores de la revolución de 1789, el afecto de los franceses hacia su rey, nos dice Chartier, parece incólume. En los cuadernos de quejas (cahiers de doléances) se mencionan cosas como estas: “ese amor paternal que está profundamente grabado en vuestra obra por gestos inefables que tenéis para con vuestros fieles súbditos que han hecho que se os considere el más grande rey de Europa”; “La dignidad del hombre y los ciudadanos, envilecida hasta ahora, será enaltecida, no nos cabe duda, en esta augusta asamblea (Estados Generales), en la que un rey justo y benévolo, rodeado de sus súbditos como un padre en medio de sus hijos, consultándolos sobre los intereses de su enorme familia, moderará la avidez de unos, considerará las pretensiones de otros, acogerá las quejas de los desprotegidos, secará sus lágrimas, y romperá lanzas por ellos”; “¡Oh gran rey! Perfeccionad vuestra obra, apoyad al débil contra el fuerte, destruir el resto de la esclavitud feudal […] terminad de hacernos felices, vuestros pueblos, abandonados a los déspotas se refugian en masa al pie de nuestro trono y vienen a buscar en vos su Dios tutelar, su padre, su defensor”.[6]



Todas estas muestras de afecto y respeto, no tienen nada que ver con las execraciones públicas que fueron proferidas por los franceses de París hacia Luis XIV y Luis XV (quien al principio de su reinado era conocido como el bien amado), al grado de que durante el funeral del primero se hicieron burlas públicas ante su ataúd. De ahí que, para evitar semejantes alborotos y blasfemias, el funeral del segundo se realizó en privado y en secreto. También hay que considerar las expresiones contra Luis XVI, ridiculizado y humillado durante su prisión en el Temple. Lo dicho anteriormente nos indica dos situaciones: primero, que el cuerpo mortal del rey podía perder su halo divino en el momento que dejaba de ser un protector para convertirse en un transgresor, y lo que quedaba era la confianza y fe en el cuerpo sagrado de la monarquía (esto era lo inmortal). Segundo, que con la muerte del cuerpo mortal del rey transgresor de sus deberes, se renovaba el pacto de obediencia-protección entre el nuevo rey y su pueblo.



El gran triunfo de los revolucionarios antes de darle muerte al rey fue, destruir el pacto que unía al soberano con su pueblo, derivado de la pérdida del carácter sagrado que rodeaba al sistema monárquico. Lo que posibilitó la ejecución de Luis XVI, fue la pérdida del carácter sagrado de la monarquía y no del rey, pues éste lo podía perder en cualquier momento de su vida. El carácter sagrado de la monarquía era remplazado ahora por el carácter sagrado de la república de la virtud.




Desacralización de la monarquía

Pues bien, ¿qué hicieron los monarcas franceses para que su pueblo (sus hijos) perdieran totalmente el respeto no sólo por si figura real, sino por el sistema monárquico en general? Simplemente, romper con la tradición. Tanto las sociedades medievales, como las de antiguo régimen son sociedades que sostienen en la tradición, es decir, la tradición marca las pautas de lo posible, lo correcto y lo justo. El surgimiento de los Estados modernos, centralizadores por medio de una rígida administración burocrática y hambrientos de riqueza, alteraron la lógica de la tradición.



Los Estados monárquicos cuya representación era el rey, comenzaron a modificar la tradición de los pueblos y sus súbditos, por medio de los altos cobros de impuestos que enriquecían a las autoridades; por el entrometimiento en la vida de las personas, pueblos y corporaciones; y mediante la intervención a la propiedad por parte del Estado, derecho respetado por la tradición. Como lo mencionó un operario vidriero llamado Ménétra: “Nunca me ha gustado que me molesten de ninguna manera”. El rey es respetado, pero mantenido a distancia como lo están sus agentes.



Sin embargo, más importante fue, el alejamiento que tuvo la monarquía de la vida de sus protegidos. Aunado a este proceso modernizador, se conjuntó un proceso civilizador sobre el cual Norbert Elias ha llamado la atención.[7] El proceso civilizador, menciona Elías, tiene que ver con el control de las pasiones y las conductas que hacen a todo hombre civilizado. El control de la violencia, los manoteos, gritos, malas palabras, no son propias de la cortesía; de igual manera mostrar celos o envidia en público tampoco es una actitud cortes. Otro ejemplo del autocontrol del cuerpo, está relacionado con el control de los esfínteres y las secreciones, de esta manera no es propio de las clases decentes y educadas escupir, ni sonarse la nariz con las manos y la ropa, defecar u orinar en la calle. El control de las conductas, tiene que ver con la manera correcta de comer en la mesa, no se come con las manos, ni se atiborra la boca con comida. En otras palabras, el proceso civilizador tiene que ver con el control de aquellas formas que nos separan de los animales.



En efecto, durante este proceso civilizador, las elites se separaron radicalmente de los pobres. Para la elite (y eso será tema de otro escrito) los pobres se asemejaban más a los animales debido a sus conductas y existencia. De esta forma, durante el siglo XVII, mientras la aristocracia comenzó a alejarse de la animalidad mediante una ampliación del espectro del asco y las buenas conductas, los pobres quedaron subsumidos dentro de la esfera de lo que les provocaba asco. Pero lo que provocó mayor furor, era que los miembros de la monarquía (aristócratas, burócratas y autoridades que la componían), aspiraran a traspasar la frontera que dividía la divinidad de los hombres: lo inmaculado de sus palacios y su aspecto; la riqueza derrochada irresponsablemente; los actos de cinismo ante la desgracia del pueblo. La monarquía se alejó de su pueblo y entre más se alejaba más odioso se hacía para con su pueblo.




Para finalizar

Continuo pensando si estos asuntos serían punto de reflexión para la pareja presidencial durante su visita a Francia, o de igual manera que a muchos, sólo les sirvió para tomarse unas selfies frente a la torre Eiffel. La manera en que se muestran con ese toque de inviolabilidad, en su halo intocable que los acerca más a la divinidad. De igual manera las autoridades mexicanas o cualquier persona que se le conceda una pisca de poder derivada del Estado; sus actitudes, comentarios y proceder, demuestran los cínicos e intocables que piensan ser.



La monarquía francesa no cayó por las acciones de un rey, la monarquía francesa fue derribada por la continuidad de las acciones de sus gobernantes. En lenguaje secularizado, la monarquía fue destruida debido al incumplimiento de las obligaciones por parte del Estado francés, incumplió el pacto fundamental que unía a los franceses con su monarca. La ruptura del pacto una y otra vez por parte de los monarcas, aunado a su alejamiento de los problemas comunes de la vida cotidiana, terminó por derruir a la monarquía misma. Ellos son los que jalan la cuerda, ellos mismos van a reventarla.


15 de agosto de 2015





[1] Después de los disturbios populares de Paris y frente al asalto al palacio de la Tullerías, en la sesión de la Asamblea Legislativa del 10 de agosto de 1792 se decidió destituir del trono a Luis XVI. Como lo prevenía la Constitución, pues en su título III, capítulo II, sección primera, artículo 6, que mencionaba: “Si el rey se pone a la cabeza de un ejército y dirige las fuerzas del mismo contra la Nación, o si no se opone a un acto formal a una empresa semejante, la cual se ejecutaría en su nombre, él será considerado como de haber abdicado a la monarquía”. Una vez abdicado Luis XVI, la Corona le correspondía por derecho constitucional al delfín Luis Carlos. No obstante como éste tenía apenas siete años al 10 de agosto de 1792, era necesario entonces que se designara un Regente, figura que también contemplaba la carta constitucional. Como podemos ver la Constitución ponía castigo a la traición de Luis XVI, destituirlo y que el trono pasase a su hijo bajo la tutela de un Regente. Sin embargo, los miembros de la Asamblea Legislativa decidieron irse por la vía anticonstitucional: cortar de tajo con la monarquía y decretar la República el 21 de septiembre de 1792, para finalmente ejecutar a Luis Capeto el 21 de enero de 1793, con lo cual colocaban a la razón de Estado por encima de la vía legal.



[2] Vid., ¿El rey desacralizado?, en Roger Chartier, Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII. Los orígenes culturales de la revolución francesa, Barcelona, Gedisa, 1995, pp. 127-151.



[3] Michel Rouche, “¿Monarquías bárbaras, imperio cristiano o principados independientes?, en Robert Fossier, La Edad Media, tomo 1, La formación del mundo medieval, Barcelona, Crítica, 1988, p. 361.



[4] La ampolla sagrada era una especie de vaso en que estaba encerrado el óleo santo que servía para coronar a los reyes de Francia. Según las tradiciones referidas a Hincmar y después por Guillermo el Bretón, un ángel la había traído del cielo en el momento del bautismo de Clodoveo.



[5] Op cit., p. 372.



[6] Roger Chartier, op cit., pp. 127-128.



[7] Vid., Norbert Elias, El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogeneticas, Madrid, FCE, 1987.

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